Estados Unidos ajusta su estrategia militar: sumisión a las buenas o a las malas

Por Christian Arias Barona

El ataque militar estadounidense a Venezuela no solo estremeció el tablero global con una demostración de fuerza e intervencionismo, sino que también reveló la crisis de hegemonía del orden mundial. Además, puso de manifiesto que las reglas establecidas tras la Segunda Guerra Mundial eran para los débiles, mientras los fuertes gozaban de constantes excepciones.

Este cambio drástico en la postura de Estados Unidos fue advertida en su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), publicada en diciembre de 2025. La ESN es un documento que cada administración elabora para formular los lineamientos de su política ante el mundo, caracterizar a sus adversarios, identificar posibles amenazas y establecer una serie de objetivos y prioridades regionales. Complementariamente, el pasado 23 de enero, la cartera dirigida por Pete Hegseth presentó la Estrategia de Defensa Nacional (EDN), que consigna las orientaciones para la planificación de las Fuerzas Armadas.

Foto: Latfem

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Los tres pilares de la nueva estrategia

La ESN 2025 establece una caracterización inusual de la postura de Estados Unidos ante el mundo y de cómo enfrentar el momento actual. Primero, reconoce las limitaciones para ejercer un liderazgo global debido a la pérdida progresiva de hegemonía en el presente siglo. Si el poder se basa en la obediencia, la potencia norteamericana se ha destacado en cultivar detractores a su visión del mundo, y en recurrir a la fuerza para imponer sus intereses nacionales y del capital transnacional. Por ello, su estrategia combina dos líneas: “delegar responsabilidades” en aliados para enfrentar amenazas directas, como la OTAN frente a Rusia, reduciendo costos y habilitando mercados para sus empresas del Complejo Militar-Industrial y Tecnológico estadounidense. Al mismo tiempo, recurre a la fuerza para “ordenar el tablero” según sus intereses.

Segundo, la estrategia refleja la consolidación del poder de la República Popular China. Mientras que en 2001 China representaba el 5% del comercio mundial, en la actualidad detenta el 13%, superando a Estados Unidos (11%). Su capacidad de crear asociaciones y promover un multilateralismo alternativo a occidente ha puesto en crisis el “orden mundial basado en reglas” que Washington edificó tras la Segunda Guerra Mundial. Los BRICS+, la Organización de Cooperación de Shanghái y la Iniciativa de la Franja y la Ruta ejemplifican la dimensión geopolítica del gigante asiático donde ha logrado que converja el 51% de la población mundial y el 40% del PBI global. Ante esto, Estados Unidos empleará la fuerza para disuadir a China, fundamentalmente desestabilizando a sus aliados y cortando líneas de provisión y comercio más sensibles (esto lo evidencian las operaciones militares en Venezuela, el bloqueo marítimo y las agresiones a Irán que posee la tercera reserva mundial de petróleo y es proveedor estratégico de China).

Tercero, el repliegue global (que no implica abandonar las posiciones de sus comandos regionales alrededor del mundo) implica una priorización del “hemisferio occidental”. Por primera vez en el siglo, América Latina y el Caribe aparecen en el primer orden de la estrategia estadounidense. Esto se debe a la necesidad de debilitar a China y fortalecer el control de su región más próxima. Nuestro continente goza de una apetitosa reserva de bienes naturales estratégicos: 45% del agua dulce del planeta, 25% de minerales críticos –entre las que se destaca el 61% del litio–, 45% de cobre, 34% de plata, tercer reservorio de níquel, tierras raras y cobalto, además de la mayor reserva de petróleo convencional en Venezuela y la cuarta reserva de no convencional en Argentina. Esta riqueza sumada a la biodiversidad y a un mercado de 667 millones de consumidores. Por esto, el Corolario Trump a la Doctrina Monroe se conecta directamente con el plan de reindustrialización de Estados Unidos impulsado por la oligarquía financiera y tecnológica que demanda energía y minerales en abundancia.

Foto: CNN

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Intervención como regla, no como excepción

Con el despliegue militar en el Caribe, el bloqueo marítimo y el ataque a Venezuela, Donald Trump dio una lección de cómo tratará a sus adversarios: hard power, militar o económico. Aunque la ESN y la EDN priorizan la atención en Estados Unidos y el “hemisferio occidental”, las presiones y el despliegue militar contra Irán sugieren que habrían excepciones.

La ruptura del último dique de contención del derecho internacional con la violación a la soberanía venezolana impuso las nuevas condiciones de relacionamiento basadas en la fuerza. Si bien las visiones críticas del orden mundial han denunciado los desequilibrios y jerarquías del sistema internacional, la nueva era del imperialismo estadounidense propone que la intervención deje de ser una excepcionalidad y se convierta en la regla, especialmente para negar recursos y mercados a rivales extracontinentales.

En ese contexto, cualquier Estado con capacidades militares asimétricas se vuelve vulnerable en los escenarios de negociación, empezando por aquellos sin armamento nuclear. El mundo que en los hechos estaba jerarquizado, avanza en abandonar su hipocresía de la comunidad de naciones. El trato a los aliados y socios es más indulgente según la conveniencia. El orden de prioridades revela la forma como Estados Unidos manejará las relaciones. Aunque mantiene una asociación estratégica con la mayoría de los países europeos a través de la OTAN, estas son de segundo orden. En consecuencia, aquellos gobiernos de América Latina y el Caribe que se alineen con los intereses del hegemón del norte, serán “compensados” mediante ayudas y apoyos, como en los casos de Argentina, Ecuador, El Salvador, Panamá o Paraguay.

El caso argentino con Javier Milei es elocuente: rescates financieros del Departamento del Tesoro a cambio de facilitar posiciones clave en el tablero geopolítico, como el puerto de Tierra del Fuego y la proyección antártica. Mediante estos mecanismos de dependencia, Estados Unidos asegura una mayor ventaja para el futuro.

Foto: El Tiempo

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¿Qué puede esperar Colombia?

Si Gustavo Petro no actúa de manera dócil, será tratado como un adversario. Así como la Casa Blanca invierte en gobiernos aliados para garantizar sus intereses geopolíticos y de acumulación capitalista de sus empresas, no escatimará esfuerzos para desterrar a los gobernantes desobedientes. Las guerras híbridas, operaciones de guerra psicológica y la aplicación de Medidas Coercitivas Unilaterales conocidas como sanciones para provocar un colapso económico, están al orden del día para debilitar o desestabilizar a quienes se opongan a los planes estadounidenses. Y con el caso venezolano, como testigo, también se hace evidente la fuerza militar.

Ante esa situación ¿qué respuesta debe preparar el oficialismo colombiano que intenta mantener su proyecto político ante posibles bloqueos económicos, agresiones militares o manipulación electoral? Argentina y Honduras son ejemplos recientes de la eficacia de estas estrategias. Por ahora, Petro ha logrado neutralizar la hostilidad trumpista en dos movimientos: primero, con la movilización popular y la llamada a su par estadounidense el 7 de enero, y segundo, con la visita del 3 de febrero a la Casa Blanca. La búsqueda de una agenda común y menos confrontativa dejó como saldo la reconstrucción del vínculo binacional y un clima de distensión, es decir, se impuso una relación “narcotizada” sin cambios profundos.

Conclusión

El análisis de los planes de Estados Unidos muestra un mundo abigarrado, contrario a la idea de aldea global que prometieron las décadas recientes. No es un tiempo de estabilidad y paz, sino de convulsión y violencia. Tampoco es tiempo de transacciones inmediatas, sino de ir edificando un mapa del futuro y la estabilidad del orden mundial basado en la fuerza, o como advierte Álvaro García Linera, de “Estados patrones y Estados vasallos”. Se trata de un escenario en disputa en un orden mundial aún en transición donde habría que contemplar los planes de las potencias emergentes que proponen un sistema multipolar y las intermedias, que despreciadas por la brutalidad trumperialista, aspiran establecer su propia defensa del globalismo.

La alternativa para los pueblos de Nuestra América es informarse, organizarse y exigir a nuestros gobiernos firmeza frente a la amenaza. El llamado urgente es a construir la integración regional autónoma, lejos de Estados Unidos y la OTAN; diversificar alianzas en un mundo multipolar, promover teorías del desarrollo desde las periferias y denunciar incansablemente la brutalidad en todos los foros. El futuro de nuestros recursos y su derecho a existir libremente, se decide ahora: no permitamos que el "hemisferio occidental" vuelva a ser el patio trasero de nadie.

Adenda: En ambos documentos oficiales, Estados Unidos advierte no buscar intervenciones ni cambios de régimen. Sin embargo, cabría preguntarse ¿estará ensayando un nuevo tipo de intervención en Venezuela que reduzca los costos políticos del caos, como ocurrió en Irak, Afganistán y Libia?

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