BAD BUNNY Y LO QUE LE PASO A MEDELLIN

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Foto: The New York Times

Mientras en el estadio Atanasio se montaba la renombrada Casita del concierto de Bad Bunny, Medellín se sacudía entre sobrecostos y euforia. En medio de vuelos, cancelaciones y aumentos imprevistos, las emisoras colombianas, siempre tan afines a la libertad de mercado, se levantan haciéndose preguntas incómodas: ¿Qué hacemos como sociedad? ¿Quién debe poner el valor de esto y de lo otro? Pero más allá de los malabares periodísticos para defender el derecho a revender y dar cuerda al mercado sin quedar enredados, Medellín continúa desbordándose, tanto en su geografía como en sus sobrecostos.

Un problema global

Lo que está pasando hoy en Medellín no es un hecho aislado ni ajeno a la situación mundial. Responde a lógicas financieras (especulativas) y coloniales (asimétricas a sangre y tinta). Sin ir más lejos, el álbum de Bad Bunny, cuyas letras fueron elaboradas en conjunto con el historiador puertorriqueño Jorell Meléndez-Badillo y cuyos visualizers están llenos de referencias a la cultura puertorriqueña y su sometimiento a la voluntad estadounidense, denuncia justamente la dinámica extorsiva del reino de la especulación.

Al calor de letras como “Quieren quitarme el río y también la playa, quieren al barrio mío y que abuelita se vaya” o “De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo, dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo” el cantante denuncia cómo la isla se ha ido llenando de extranjeros adinerados. En paralelo —y como consecuencia— para los puertorriqueños cada vez es más difícil seguir viviendo en las calles que han ocupado toda la vida, por el aumento generalizado del costo de vida. Los barrios históricos se llenan de carteles de «Se vende», se multiplican los negocios que solo atienden en inglés y los extranjeros compran con facilidad casas, edificios e incluso manzanas enteras, favorecidos por los recientes cambios en la legislación del impuesto de renta a extranjeros. Porque la vivienda dejó de ser una necesidad, y se convirtió en una mercancía: sálvese quien pueda.

Foto: Coalición Puerto Rico no se Vende en Resumen Latinoamericano

Foto: Coalición Puerto Rico no se Vende en Resumen Latinoamericano

La vivienda, una víctima más del sistema

Decía Karl Marx que antes de ser injusto o cruel, el capitalismo era un sistema inviable: lleva en sus entrañas "el germen de su propia destrucción" debido a su insaciable sed de ganancia. Bajo lógicas que exigen aumentar permanentemente la tasa de ganancia para mantenerse en el mercado, los actores financieros están obligados a buscar nuevas fuentes de rendimientos. Lo hacen abriendo nichos nuevos o haciendo que aquello que no generaba rentabilidad empiece a generarla. Así se desplaza la frontera de lo que antes se consideraba un bien común o un derecho, para convertirse en un activo financiero.

En Latinoamérica está lógica ha estado históricamente ligada a la extracción de los recursos naturales, dando lugar a dinámicas en las que compañías extranjeras arrasan con megarepresas, fracking o agronegocios de monocultivo, que dejan grandes dividendos a costa de la estabilidad, el agua y la vida de quienes habitan esos territorios.

Lo que sucede hoy con la vivienda no es muy distinto. En un contexto global de alta inestabilidad, en el que los activos financieros tradicionales están sometidos a ciclos cada vez más inestables, el 'ladrillo' empieza a convertirse en un commodity: si los mercados son inciertos, hay bienes que de una u otra forma van a seguir comprándose, como las casas. Así se abre paso a la financiarización de la vivienda, un proceso mediante el cuál se invierte el orden de las cosas. Garantizar un techo para la reproducción de la vida pasa a un segundo plano, mientras que su rol en el mercado financiero ocupa el primero. Se vuelve más importante que un edificio genere rentabilidad antes de que pueda garantizar su función social: suplir una condición básica de bienestar para que cualquier persona pueda desarrollarse como individuo.

Dado este panorama, cabe preguntarse ¿Es posible que un modelo económico como el capitalismo, en el que el trabajo humano sigue siendo el mayor generador de valor, sea compatible con lógicas en las que cada vez es más difícil garantizar un techo para,sin ir más lejos, seguir existiendo?

Foto: Portal estrenarvivienda.com

Foto: Portal estrenarvivienda.com

Nuevas crisis, viejos problemas

A esto se suman lógicas de precarización que encarecen la vida y vuelven los sueldos cada vez más insignificantes. Estas lógicas exceden todas las fronteras nacionales. El creciente costo de la vivienda ya no es un problema exclusivo del sur global, pues hoy incluso trabajadores estadounidenses o europeos son incapaces de costear la compra de una vivienda o de pagar un arriendo razonable en una zona céntrica. Frente a esta dificultad, el 'mercado', impulsado por la pandemia y las dinámicas de globalización, ofrece una respuesta: si no puedes pagar una vivienda en tu ciudad, puedes pagarla en algún país caribeño. Gana en dólares y gasta en pesos.

Todo esto se agudiza por condiciones de pobreza y desigualdad estructural de muchos de los países del sur, en los que elementos como la seguridad social o un trabajo formal son escasos para la mayoría de la población. Para no ir más lejos, en Colombia menos del 20% de la población en edad de pensionarse logra efectivamente hacerlo. Ante la incertidumbre de la vejez y la ausencia de garantías, muchas familias apuestan todo por la compra de una vivienda, cuyo arriendo supondría suplir una pensión inexistente.

Pero hoy ni siquiera tener una propiedad es garantía de vida. Ciudades como San Juan, Oaxaca o Medellín llegan a encarecerse tanto que ni siquiera sus propietarios pueden costearlo. Los propietarios terminan vendiendo sus casas con la esperanza de poder utilizar el 'excedente' de la venta. Los inquilinos terminan mudándose a otras zonas, pues bajo la idea de que 'una vivienda debe generar cada vez más ganancia' los arriendos se hacen impagables.

Unos y otros, pequeños propietarios e inquilinos, son expulsados a sectores cada vez más alejados en apartamentos cada vez más minúsculos. Como una bola de nieve, el encarecimiento se extiende por toda la ciudad desde el centro hacia las periferias, y con lo que se recibe de la venta de una vivienda ya no alcanza para pagar algo en la misma zona.

Comunidades y barrios enteros desaparecen, reemplazados por ciudades cada vez más hostiles, llenas de rejas, andenes deshabitados y avenidas estalladas: el desplazamiento a zonas cada vez más lejanas promueve la proliferación de vehículos personales y motos para resolver la movilidad diaria. Lo que parece un simple problema inmobiliario, o cultural, esconde lógicas económicas y desiguales que se esconden a la vista y que hoy definen, quiénes, dónde y a qué costo tienen derecho a habitar las ciudades que hemos construido.

Foto: Manifestación en defensa de la vivienda, Huffpost

Foto: Manifestación en defensa de la vivienda en España, Huffpost

Ana María Rodríguez

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