Bad Bunny en el Superbowl: entre la subversión simbólica y la reiteración del estereotipo

Por Alejandro Mantilla

A veces la sociedad del espectáculo entra en tensión con el espectador emancipado. A veces la normalización de la crueldad se fisura por una alegría inusual. A veces, los canales hegemónicos que dosifican el aburrimiento se ven desafiados por un acontecimiento que redefine los patrones de lo bello.

En las últimas semanas, la maquinaria gubernamental más poderosa del planeta arreció la persecución contra nuestros familiares, paisanos y amigos. Los trabajadores migrantes, en especial quienes tienen rasgos latinos y asiáticos, son cazados como trofeos, sin asomo de humanidad o respeto. Ya no se trata de la xenofobia tradicional, sino de una estrategia respaldada por un discurso supremacista blanco que reproduce abiertamente simbologías calcadas del nazismo y de fundamentalistas autores de publicaciones enmohecidas. La persecución a los latinos, la intervención militar en Venezuela y la asfixia calculada que hoy sufre el pueblo cubano, son señales de un proyecto que conjuga el viejo racismo con una renovada soberanía imperialista y una propaganda alimentada por las grandes plataformas tecnológicas.

En esa coyuntura, la presentación de Bad Bunny fue vivida por millones de latinas y latinos como una expresión de orgullo y de revancha. Hablar en español, llamar la atención sobre la centralidad del trabajo migrante, nombrar a los países del hemisferio, mostrar complicidad con una tienda de barrio que resiste la gentrificación o hacer guiños sutiles que revelan cierta complicidad entre nuestros pueblos (como juntar tres sillas para dormir a un niño en una fiesta), desplegó una bofetada simbólica contra el dominio cultural de los herederos del Ku Klux Klan. No sé si en Toronto, Estambul o Beijing esas claves pasaron inadvertidas; para nosotros no.

Foto: CNN

Foto: CNN

El espectáculo de entretiempo fue un reconocimiento del mundo latino perseguido por el paramilitarismo institucionalizado del ICE. Fue una declaración de lucha contra una extrema derecha que hoy normaliza la violencia contra los pueblos. El reconocimiento del trabajo migrante y de la cultura latinoamericana, así como su declaración frontal antirracista son, sin duda, dos pasos inesperados que reflejan la importancia de lo simbólico en un mundo marcado por la saturación de mensajes efímeros en medio de una batalla cultural prolongada.

Pero ese orgullo colectivo tiene límites. El riesgo más evidente del espectáculo fue la reafirmación de estereotipos sobre América Latina que nos privan de historicidad y que exotizan nuestra experiencia colectiva. ¿No hay acaso un vínculo entre la estereotípica hipersexualización de las mujeres latinas y la promoción de turismo sexual contra las niñas en nuestra región? ¿No resulta problemático que las mujeres latinas sean quienes decoran la escenografía mientras canta una mujer estadounidense? La anulación de la voz de las latinas en este performance es un gesto problemático que ha pasado curiosamente desapercibido.

La otra clave problemática es la uniformización y la pérdida de memoria sobre el territorio. El cañaduzal y el racimo de plátanos resumen un fragmento de un paisaje estereotípico, definido por sus sabores, sus colores y sus olores tropicales. Paradójicamente, tanto la caña como el plátano han sido los símbolos de la intervención foránea que deberíamos denunciar si queremos problematizar la historia que nos ha traído hasta este infausto momento: la imposición de los monocultivos, la violencia ligada a las transnacionales bananeras y nuestra larga historia de dependencia económica. Detrás del festival de los sentidos se oculta nuestra historia efectiva. Valga anotar el contraste entre lo que simbolizan la caña de azúcar o el plátano para América Latina y lo que representa la sandía para el pueblo palestino.

Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica, Colombia

Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica, Colombia

Se dirá que se trataba de un espectáculo de reggaetón y no de escenificar Las venas abiertas de América Latina. Puede ser. Pero tal vez en las últimas tres décadas hemos hablado demasiado de identidades y demasiado poco de poderes y estructuras. O tal vez hemos olvidado que la lucha por el reconocimiento es inseparable de las demandas por la redistribución. O tal vez debemos reafirmar que la lucha política por lo simbólico no consiste en mejorar la decoración de la plantación.

Porque mientras celebramos los gestos subversivos de un artista latino, Cuba sigue siendo asfixiada ante nuestros ojos.

Bienvenida sea la politización de la sociedad del espectáculo, pero con memoria, sin estereotipos ni exotización.

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